Ni Sergio ni Carolina, niños inconscientes y felices, sabían de ello entonces.

Mas el destino aguarda paciente en la esquina de la calle.

A que un luminoso día de verano del diecinueve a un sí le responda un sí. Quiero. Te quiero.

¿Por qué no soñar? ¿Por qué no volar?

Con el aire de imágenes y retratos de antaño, atrapar la luz del vínculo reflejada en sus miradas contrapuestas. La luz de un hilo que ellos todavía aun no saben expresar, pero que sienten cómo ya los ata y tira de ellos… para siempre.

Si construyera el camino de mi vida en forma de estaciones de Spinoza, ilustre filósofo de raíces rayanas, en estos cinco años habría pasado del conocimiento a la libertad, del conocimiento a la felicidad.

Comprender quién era yo en realidad, cuál mi naturaleza, qué camino era mi destino. A partir de ahí todo era fácil, bastaba, basta con ir paso a paso.

Es fácil entender el orden correcto alumbrado por el inquieto e inquietante crecer de Abril, deslumbrante luz de mi vida, reflejo de la misma fuerza torrencial y protectora que emana de su madre.

Feliz cumpleaños, Abril.

Sospecho del brillo de Abril porque es mi hija.

Sospecho de su luz porque es su madre la que la atrapa en sus pinceles.

Y entre el hoy y la memoria, no se me aclara el recelo de escuchar el rumor de la misma savia incontenible en la madre y en la hija.

La más amada mirada la del amante.

Pasan los años

queda el tiempo y la vida

la muda y la herida.

Cambia el reflejo,

no la mirada

capaz de transformarlo todo,

entero el futuro

en nuevos caminos

con forma de líneas,

unas por leer,

otras por escribir.

 

Tan grande es el desamparo que nos define que bastan horas de bolígrafos con tinta negra de silencio para reconocer nuestra forma frente al espejo.

Ahora me toca a mí… ¿Cómo están ustedes?